jueves, 26 de noviembre de 2009

La orilla


Nunca sabré el tamaño de lo que perdí.
Todo lo que estaba a la vista
desapareció incinerado detrás del olvido.
(Solo quedó el mar, insolente, abnegado, fatal)
Y sentí que debía correr, veloz, sin mirar atrás.
La oscuridad me siguió sin rumbo aparente,
como el agua que se encauza y no se detiene,
en perpetuo movimiento hacia todos lados.
Mis pisadas se hicieron cada vez más profundas,
se hundían en la sal de la tarde,
en el frío de tantos días pasados, rotos.
Me detuve ante una pesada puerta,
último vestigio de una fortaleza de piedra,
al final de una calle, ya anochecida y silenciosa.
Un barco se iba, a lo lejos, dejándome más solo.
El cansancio me abatió
y tuve sueños de madera,
sueños de alambre
e incluso de pájaro.
Mi cuerpo leve tomó altura
y flotó entre nubes remotas.
Desperté junto a una pared infinita
que ocultaba todo posible camino.
Jamás había sentido tanta soledad.
No pude recordar siquiera mi propia voz.
Tuve la sensación de un sabor rojo,
como de sangre seca en un papel viejo.
Comprendí que había llegado a la orilla
donde la tierra tiene su final
y las mentes quedan para siempre en blanco.
texto y foto jmc

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